La mitad de la historia

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Ir tras un gran pez es una empresa en la que casi siempre, hay que invertir todo. Cuando digo “invertir todo” no me refiero solo a dinero, casi podría decir que el vil metal, en estos casos, no resuelve casi nada…

Lo que es mi deseo señalar es mas precisamente lo que no se compra con papeles de colores. En primer lugar se trata de actitud mental, a la cual quedará absolutamente subordinado el rendimiento físico. Si la mente es fuerte el físico la seguirá sin dudar; como un soldado que confía ciegamente en un superior. Porque hay que entender que la pesca de grandes peces migratorios, casi en todos los casos, nos va a pasar una factura muy abultada en estos dos rubros. Nos va a dejar “heridas” físicas y mentales. Muchas veces va a sepultar nuestro ego en los mas oscuros sótanos de la humillación haliéutica. Pero con eso tampoco alcanza.

En segundo lugar consiste en entender que las chances de poder lograr lo que pretendemos se basan en haber acumulado años de experiencia con una caña en la mano. Haber pasado por los tormentos mas denigrantes, que la naturaleza de esta pesca tiene preparados para nosotros, mil veces. Y tener claro que esas son las reglas de este juego. Cuando refiero al Limay superior pretendo que quede claro que es uno de los lugares mas emblemáticos en cuanto a lo que quiero significar.

Hace años atrás, cuando la era digital aún no había colonizado las vidas humanas, tomar fotos de pesca no era tan simple. Las cámaras eran enormes y pesadas como para llevarlas en un bolsillo. Los rollos valiosos y limitados en exposiciones. El revelado lento y perezoso, además de costoso. No era posible saber si la toma había sido correctamente ejecutada. Solo uno, a lo sumo dos disparos, eran las chances de volverse con una buena foto.

Por si eso fuera poco, hasta que otros pudieran ver el testimonio de nuestro éxito, pasaban días, o semanas. Si la impaciencia nos ganaba, llevábamos el rollo a revelar a poco de llegar del viaje. Luego, en unos dos o tres días… a veces mas, estaban las fotos reveladas. Luego, encontrar el momento para juntar a los amigos en el club y mostrarles por fin las imágenes. Se estarán preguntando, ¿que tiene que ver mi primer párrafo? en el que hablo de la mente y el físico, y el siguiente en el que cuento anécdotas sobre los viejos tiempos de la fotografía.

Un parte de la experiencia

En aquellos viejos tiempos la fotografía contaba una parte de la experiencia, al igual que hoy. Eso no ha cambiado. Pero por entonces, la otra parte, la contábamos nosotros en el momento en que exhibíamos las mismas, impresas en papel, ante los ojos de nuestros compañeros de pesca con un asado de por medio.

En los tiempos modernos la imagen se comparte a la velocidad de la luz. La foto de nuestro pez, ya la han visto miles de personas, muchos de los cuales no conocemos o hemos visto jamás, antes siquiera de que se nos sequen las manos, luego de perdonarle la vida al escamado y resbaladizo ser. Foto. Punto. Eso es todo. No hay historia.

Falta la otra parte

En estos casos, una imagen no solo NO vale ni mil palabras, ni diez. No vale casi nada. Es una foto mas en un océano de fotos todas iguales. Muchas veces de gente ajena a nuestros afectos y confianza. Sin historias. Sin relatos. Sin la experiencia. El relato de lo vivido es justamente lo que hace que quien pretenda ir tras un pez grande (o cualquier pez) entienda en que consiste este juego, que es el que describo en el párrafo primero, y que de no hacerlo, la foto no lo transmitirá nunca.

Creo que hoy día es muy importante que la experiencia trascienda de manera hablada o escrita, para que quienes la ignoran sepan qué se esconde detrás de un montón de píxeles de colores que representan un pez. Simplemente, para que tengan claro en toda su dimensión, que es lo que están deseando.

Esta foto, en la que aparezco sonriente con esa trucha cuenta una historia de horas y horas de lanzamientos largos, muy largos y frecuentes enredos de la línea. Lidiar con el viento demencial y las corrientes. Vadear en terreno irregular, a veces peligroso. Revisar todo el tiempo si la mosca y el anzuelo están bien. Si no hemos hecho nudos de viento que terminen en cortes. Ser asaltado por las dudas constantemente: “¿están y no abren la boca? o ¿no están?“. “Pican en el strip o en el swing“. “Habrán entrado al río con esta rosca?” “¿La mosca? Será que cuando quieren agarran cualquier cosa?” “Voy del lado de Río Negro o Neuquén?“. “Cuantos botes se largaron hoy?”. Y la lista sigue, interminable.

Por eso, ese pez que se ve en la foto es el testimonio de una gema en un mar de esperas, vacilaciones y desengaños, pero también de aprendizajes, y muy de vez en cuando, de “finales felices”. Un testimonio de fe, de pasión. De décadas, de mil “batallas”. De historias contadas en una mesa con amigos. Una mesa real, de madera, con platos reales, de madera, y carne humeando en la parrilla, a metros de nosotros.

Gentileza de Pablo Saracco

Sobre el Autor

Senti La Pesca

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